Una frase simple, lo dice todo…
Yo monto. Parece una declaración sencilla. Sin embargo, como muchas mujeres que montan saben, es en realidad una cuestión complicada. Tiene que ver con el poder y la superación. Ser capaz de hacer cosas que en algún momento consideramos fuera de nuestro alcance o nuestra capacidad.
He considerado esto mientras levanto el guano, lleno baldes de agua bajo la lluvia helada, espero al veterinario / herrero / electricista / proveedor de forraje, cambio el neumático del trailer en la banquina, o camino a mi caballo antes de desmontar y tomarme un trago fresco después de una larga carrera.
El tiempo, dinero y esfuerzo que demanda montar exige dedicación. Al menos yo lo llamo dedicación. Mis dos “ex-maridos” lo llaman “la enfermedad”. Es una enfermedad que he sufrido desde que era una niña pequeña con mis caballos de juguete y soñando que un día podría montar un caballo de verdad. La mayoría de las mujeres con quienes monto comprenden el significado de “la enfermedad”. No es un deporte, no es un hobby. Es simplemente lo que hacemos, y, de alguna manera, es quienes somos, como mujeres y como seres humanos. Yo monto. Engancho mi trailer y cargo mi caballo. Manejo hasta algún circuito, descargo, ensillo, silbo a mi perro, y monto. Respiro el aire, veo la luz del sol filtrarse entre los árboles y disfruto del movimiento de mi caballo. Mis hombros se relajan. Una sonrisa navega por mi rostro. Me ajusto el casco y dejo que el mundo real se desvanezca en las huellas que mi caballo deja en la arena.
El tiempo corre más lento. Los insectos zumban y vuelan a mi alrededor como hadas. Mi caballo mueve las orejas y trota por el sendero. Puedo oler su transpiración y es perfume para mis sentidos. El tiempo corre lento. Mi foco está en el ritmo del paso y el movimiento de las hojas. Mi montura cruje y la rienda de cuero se ablanda con el calor. Considero esta declaración simple: yo monto. Pienso en todo lo que hago porque monto. Trepo cerros, bordeo lagos, corro a galope tendido con una amiga riendo todo el tiempo y sintiendo mi corazón latir fuerte dentro de mi pecho. Otros días, simplemente el acto de montar y desmontar es un verdadero logro. De todos modos, monto. No importa cuán cansada esté o cuánto me duela la cadera o cualquiera de los golpes que he tenido. Yo monto. Y me siento mejor por hacerlo.
La belleza que he conocido porque monto me asombra. He descubierto lagos que permanecen, por lo general, nunca vistos. Cuevas, oscuras y frías junto a ríos y arroyos son escenas que reaparecen en mis sueños. Aguilas y gatos monteses en su ambiente suman a mi superación y la alegría de mi corazón. Pienso en la gente, sobre todo mujeres, que he conocido. Considero lo competentes que son. No hay flojitas en el grupo. Enganchamos trailers, estacionamos con ellos marcha atrás en espacios ajustados sin romper los árboles. Armamos campamentos. Atendemos los caballos. Cocinamos y nos cuidamos. Entendemos y amamos a nuestros compañeros, los caballos. Nos respetamos mutuamente y respetamos a los que encontramos en los senderos. Sabemos que si estás montando, también paleas guano, llenas baldes, esperas y cuidas. Las manos están un poco ásperas y viajamos sin maquillaje. Nos privamos de cosas para poder mantener “la enfermedad” y probablemente, cuando eras pequeña, jugabas con un caballo de juguete, soñando con uno de verdad. Y ahora estás ahí. Yo monto…
- Autor desconocido (aunque para muchas de nosotras podría ser nuestra hermana)
- Amazona de endurance (aunque “la enfermedad” es la misma aún cuando el “paisaje” de la pista es diferente)
http://endurancegranny.blogspot.com/
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